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Por Carlos Soto.

Cuando don Josué giró la mirada el espectro ya estaba en frente de él. Era una silueta blanca, sin fondo, con carácter frío y estremecedor. No tenía cuerpo, ni piernas. Flotaba en el espesor del viento de las doce, y su aspecto límpido generaba un terror sobrenatural. No parecía pertenecer a este mundo.

Don Josué estaba horrorizado, perplejo, inmutable, y sudaba frío. Su estremecimiento creció sin límites cuando entre sus oídos estalló: “Soy un alma que no puede descansar en paz”. Y mientras se le acercaba lentamente, “Por favor ayúdame, rece mucho por mí”.

Era el ánima de una mujer mayor la que se le presentó aquella noche. En aquel octubre, don Josué  hacía guardia en la segunda puerta principal de “El Ángel”,  uno de los cementerios más grandes y antiguos de Lima. Estaba de turno hace dos noches, y sin ninguna novedad.

Son más de 300 socios, así se llaman entre los propios trabajadores del camposanto, que realizan tareas diferentes y por turnos. Unos se dedican al cuidado y al mantenimiento de los nichos, otros a la limpieza de los pabellones, y los demás a la guardería.

Naturalmente, y por disposición del personal de seguridad, los socios se agrupan de a dos para la vigilancia nocturna de cada pabellón y de los más de 200 mil metros cuadrados de “El Ángel”.

Aquella vez Víctor Alfaro, compañero con quien don Josué debía de hacer guardia, faltó. Ambos, durante toda la semana, estaban a cargo del “Santa Aurora”, un pabellón que los trabajadores experimentados llaman “zona pesada”.

A causa de los frecuentes saqueos y robos de lápidas y de pequeñas estatuas de santos que adornan el cementerio, los encargados de la seguridad establecieron dos turnos para la vigilancia. De día y de noche, ambos de 12 horas.

Aquel lunes don Josué se encontraba solo para cuidar su flanco. Dos de sus socios, Alejo y Vicente, le propusieron, en lugar del pabellón, la vigilancia de la segunda puerta principal. Él, alegando a su experiencia, aceptó. Sabía que caminar solo y de noche entre cientos de tumbas sería de osados, aunque en ocasiones pasadas había cumplido sus 12 horas de guardería únicamente él, su linterna y su pequeña radio de bolsillo.

Eran aproximadamente las 11:20 de la noche. Con la radio encendida a medio volumen y sentado en una pequeña banqueta incómoda cerca a la puerta enrejada que da a la avenida, don Josué esperaba paciente el correr del tiempo.

Miraba lo poco iluminado de la avenida Ancash. Unos que otros autos que se desplazaban de prisa. Miraba también a ningún peatón cruzar la calzada a esa hora. Los árboles emitían un aspecto fantasmagórico en complicidad con sus sombras, y la noche se hacía cada vez más profunda.

En ese instante sintió una sensación medio extraña. Como si una fuerza repentina le perturbara la tranquilidad vigilante. Don Josué giró súbitamente la mirada y estaba ahí, frente a él. El pulso se le aceleró desenfrenadamente. No supo cómo reaccionar ante semejante espanto. Nada le respondía. Ni las piernas, ni los brazos ni tampoco la voz. “En ese momento me sentía como un muerto en vida”, recuerda hoy.

Quiso gritar y llamar a sus compañeros del pabellón “Santa Aurora”, el más próximo a la puerta en dónde se encontraba, pero no pudo. “Por favor ayúdame” escuchó que le decía con una voz de ultratumba. “Rece mucho por mí” le pidió el ánima.

Don Josué es un veterano que ya lleva 48 años trabajando en “El Ángel”. A sus 76 años no siempre hace guardería, a veces también limpia las lápidas por pedido de los familiares de algún difunto, y otras veces poda el jardín y las pequeñas ramas de los árboles del cementerio.

Jorge León y Manuel Díaz, sus compañeros de turno, también afirman que vieron lo mismo aquella noche. Eran los mismos que le habían propuesto el cambio de lugar para la vigilancia, y ambos hacían su ronda en “Santa Aurora”. Casualmente estaban a sólo unos metros de llegar a una de las esquinas desde donde se podía observar la puerta enrejada que vigilaba don Josué.

Caminaban despacio por entre la penumbra. Cada uno llevaba en la mano una linterna. También Manuel Díaz tenía su radio y estaba encendida a un volumen moderado. Al llegar a la esquina del pabellón, Jorge León apuntó con la luz de su linterna hacia la segunda puerta principal.

Vieron a don Josué sentado. Tieso. Y frente a él una cosa blanca que flotaba. ¡Josué!, le gritó Jorge. Ambos, de prisa, corrieron hacia donde él. “Por favor rece mucho por mí”, dijo el espectro, y se fue despacio como si nada. Flotando en el aire dobló en una de las esquinas del pabellón y no lo vieron más.

Lo encontraron pálido, sudando agua. Jorge y Manuel Trataron de seguir al espectro de la mujer. Corrieron hasta la esquina por donde dobló, pero no encontraron más que nichos y los sombríos estragos de una noche de cementerio.

Dentro de “El Ángel”, la limpieza y el mantenimiento de nichos eran los trabajos más rentables para don Josué Muñoz. Como guardián de cementerio no sólo ganaba 30 soles por día o por noche, sino que además, también se llevaba algunos sustos como el de aquella noche.

Entre los muertos también hay vivos que roban. Don Josué seguirá de guardián cuando sea su turno. Él prefiere que los visitantes al cementerio estén vivos y no muertos como aquella vez.

 La construcción del Cementerio “El Ángel” se inició en junio de 1956 por iniciativa del presidente Manuel A. Odría.

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