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Por Carlos Soto:

Estábamos sentados frente a frente. ¡Hambre de Dios sí, hambre de pan no! me decía don Emiliano mientras yo buscaba cierta comodidad en una banqueta del ahora Parque Industrial. Nublado por la mañana y ahí, en el parque, repitió aquella frase que había dicho, hace más de dos décadas y media, en el mismo lugar, el Papa y ahora santo, Juan Pablo II.

El estrado rústico que lo recibió estaba allá, me decía al mismo tiempo que indicaba con el dedo índice el caserío de enfrente. Todo aquello era un desierto en aquel momento, esas casa aun no existían.

Yo había ido en busca de don Emiliano para que me cuente personalmente esa experiencia única de estar, aunque por unos momentos, cerca del Sumo Pontífice. Quedamos en encontrarnos a las nueve en el banquillo del parque. Llegué primero y él se justificó que el por tráfico.

Desde la llegada del Papa, hace más de 26 años, Villa el Salvador había cambiado considerablemente. Más personas, más casas, más pistas y por supuesto más carros.

Sentados ya cómodos,  cuando nos enteramos que había la posibilidad de que el Papa viniese al Perú, me decía con una voz convincente, no dudamos un sólo momento en hacer todo lo posible para que visitara Villa el Salvador.

En diciembre de 1984, recuerda don Emiliano con mucha certeza, el equipo parroquial, en aquel entonces había sólo una parroquia en Villa el Salvador, inició, con el padre José a la cabeza, unas movilizaciones en las que se pedía el apoyo del municipio para lograr la tan ansiada visita de Juan Pablo II.

Noté en su voz algo de agitación mientras recordaba. Creí, en ese momento, que era producto del frio moderado de invierno, pero poco después interpreté que la fatiga era causa de su avanzada edad.

En aquel verano del 85, cuando el máximo representante del vaticano pisó por primera vez suelo peruano, él tenia 38 años. Era un hombre de contextura delgada y de estatura considerable que por aquellos años era miembro de la comunidad organizada del lugar.

A partir de ahí, me comenzó a decir, todo fue movimiento, entusiasmo, cooperación y alegría. Con el propósito de lograr el gran objetivo, el entonces alcalde de Villa el Salvador Michael Azcueta y el cardenal de Lima Juan Landázuri, viajaron al vaticano y le entregaron tres cartas de invitación personalmente al Sumo Pontífice.

En eso, una señora que vendía golosinas nos interrumpió. ¡Caramelos, galletas, chocolates a un sol! ¿Tiene cigarro? Preguntó don Emiliano, la señora le alcanzó un par. Son ochenta céntimos, él sacó unas monedas del bolsillo desgastado de su pantalón y canceló.

Como te iba diciendo, volteó la mirada hacia mí, con el cigarrillo ya humeante, el Papa aceptó la invitación y desde entonces todo era reuniones, planificación y ensayo. Se eligió la pampa, mientras remangaba el brazo de la camisa azul que llevaba puesto, lo que hoy es el Parque Industrial, para la recepción.

El primero de un veraneante febrero de 1985, Juan Pablo II descendió del avión Luigi Pirandello de Alitalia en el grupo aéreo del Callao, besando tierra peruana. Para recibirlo con honores el presidente Fernando Belaunde, el arzobispo Juan Landázuri y otras autoridades políticas y eclesiásticas cumplieron con su presencia.

Como si buscara a alguien con la mirada, giraba la cabeza de un lado a otro pero las personas caminaban, por delante nuestro, indiferentes a nuestro conversar.

Con un gesto medio extraño, como si le hubiese costado mucho trabajo recordar lo que había visto en esos años por la televisión, me dijo, luego del recibimiento, Juan Pablo II hizo una misa en la Catedral de Lima y si mal no recuerdo al día siguiente se fue hacia Arequipa.

Sabíamos que el último día, antes de partir hacia trinidad y Tobago y después de visitar Ayacucho y el Callao, el Papa estaría con nosotros acá donde ahora ves puras casas. Ese, me indicó un edificio de cuatro pisos, no existía, ni tampoco aquella tienda ni este parque. Acá donde estamos, la noche anterior a la llegada del Santo Padre, estaba lleno de carpas.

¿Carpas? Interrumpí.

Sí carpas, respondió. Recuerdo que armé mi carpa  por allá, me indicó hacia una esquina de una avenida, éramos muchos los que pasamos la noche aquí.

Al día siguiente, me continuó diciendo, el cinco, a eso de las ocho y cuarenta de la mañana, Juan Pablo II llegó. Vino por allá, con el dedo índice hacia la avenida Pachacutec, en su papamóvil blanco, escoltado por autos,  motocicletas y miles de personas detrás.

El estrado que lo recibió, como te dije estaba allá. Yo, me comentó con una voz reflexiva, estaba entre los primeros, veía de cerca al Papa y escuchaba como coreaban su nombre. Con su habitual túnica blanca, con el gesto sonriente y carismático que lo caracterizaba y con la biblia en la mano fue recibido por Azcueta.

Ya eran casi la doce cuando miró el reloj cuando miró el reloj en su muñeca izquierda. Qué rápido se pasa el tiempo murmuró con una voz de cansancio o aburrimiento.

No todos pero la mayoría nos quedamos en silencio, prosiguió, Juan Pablo II se iba a dirigir hacia nosotros, hacia este pueblo joven, hacia Villa el Salvador. ¡Hambre de Dios sí, hambre de pan no! Repetía la frase con correcta vocalización y con una seriedad notoria en el rostro. Es de todo el discurso lo único que recuerdo dijo.

Después, sólo vi que se ocultaba el papamóvil, un mar de gente impedía despedir al Santo Padre como corresponde. Tan sólo, sin exagerar, estuvo con nosotros poco menos de una hora. Según nos había dicho viajaría a Iquitos para luego enrumbarse hacia Trinidad y Tobago.

Fue un día extraordinario como pocos, un día realmente histórico, me decía mientras me miraba los ojos fijamente, un recuerdo que nosotros los que estábamos ahí compartimos con ustedes, un hecho que nunca se volverá a repetir.

Bueno, miró el reloj, ya es medio día, tengo que ir a la escuela, mi nieto está a punto de salir de clases y tengo que esperarlo.

Sí don Emiliano, siga usted y gracias por su tiempo.

De nada muchacho. Nos vemos.

Me quedé sentado en el banquillo por unos minutos más, conmovido por sus últimas palabras y él caminado despacio se perdió por entre la gente que caminaba por ahí.

El martes 5 de febrero de 1985, el Santo Padre realizó una liturgia en una explanada en los arenales de este distrito, En el lugar se construyó un monumento llamado “La piedra del Papa”

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