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Por Marco Antonio Peña

Es el único vivo que camina entre los muertos. Cuida de sus flores y los mantiene con vida. Con una lata de aceite oxidado lleva la fuente de vida: el agua. Recorre por los jardines de las decenas de tumbas tendidas en las 20 hectáreas. De noche es guardián en el camposanto. Calletano Bautista labora más de treinta años en el cementerio “El Ángel”.


“Ya no  hay más espacio para enterrar”, son las palabras de Calletano Bautista ante una pregunta de un visitante al cementerio. Son cerca de 500 pabellones y cada uno alberga a 360 muertos. Sólo se realizan traslados internos y externos. Son 200 mil metros cuadrados de área. Ha trabajado desde que tenía 36 años sin descanso.

Sentado sobre una  tumba y leyendo su diario preferido espera pacientemente la cisterna para comprar agua. En El Ángel no hay agua ni luz. Un día más. Hoy compró seis cilindros de agua cada uno a 3 soles. Él calcula que le alcanzará para 18 tumbas. Se acomoda su gorra que cubre sus canas tan blancas como el color de las lápidas de mármol. Se levanta para traer su cilindro. “Si las flores tienen vida entonces la persona jamás muere” dice mientras se dirige hacía el pabellón “Los Arcángeles”. Se detiene. Y comenta: Aquí va el primero.

“Esta plancha cuesta 3000 soles porque es de granito, sale caro morirse” reflexiona ante la primera vertida de agua. Los mausoleos (tumbas suntuosas) son más caros salen aproximadamente 40 mil soles y son para 6 a 12 personas. Ahora vierte a las plantas y las flores coloridas. Termina su primera tumba. Se acomoda sus botas mojadas para pisar con firmeza sobre el amplio camino del segundo pabellón: San Abilio. Empuja su cilindro. Es el que trae vida por las mañanas. “Aquí está la tumba del General Juan Velasco Alvarado, siempre lo visitan; al otro lado está olvidado Augusto Ferrando”, señala.

A Calletano  las familias de los difuntos lo contratan por s/30 al mes. Siempre cumple con los pedidos. Y cuando llegan a visitarlos le dan su propina extra. Y por las noches hace ronda con una linterna para cuidar el camposanto de las visitas de los “vivos” quienes roban las estatuas o los adornos de mármoles. “Ya no me da miedo nada, estoy acostumbrado, pero a veces me confundo con las estatuas en forma de personas”, comenta al terminar su segundo cilindro.

Con sus ojos color de mar y sus cejas teñidas de paz hace un pequeño descanso. Saluda a los visitantes que llegan con sus flores. Con su pañuelo se seca el sudor que brota de su frente. Tiene que terminar su jornada. Se levanta y prosigue. Va por la cuarta tumba. Lo hace con paciencia y cariño como si fuera un familiar. Pasa el tiempo hasta  terminar su compromiso con los deudos. Mañana tiene que volver a comprar agua. A jalar su cilindro. Mañana tiene que cuidar su jardín porque sin él los muertos quedarían sedientos y sin vida.

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