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Por michael Machacuay

crónica

 Faustino desayunó la mañana del lunes un puñal en el abdomen.  Su cuerpo yacía en la superficie de tierra  con una herida recóndita en la barriga  y,  mientras  la sangre partía sin retorno, su destino aguardaba con los brazos abiertos. Desgraciado final para un anciano que había vivido 61 años, la muerte solo tardó cinco minutos en consumar su existencia. Un homicidio a puertas cerradas había concluido y,  más de un nombre sospechoso se murmura  en el barrio Virgen de Guadalupe,  en San Juan de Lurigancho.
El lunes 23 de mayo amaneció ajeno a lo que acontecía. Faustino Antara acababa de rasurar su barbilla y mejillas pálidas, era un chocho de fácil conversación,  pintor de brocha gorda, pintaba paredes, puertas, casas y, de vez en cuando te dibujaba una sonrisa si lo saludabas. Vestía unos jeans  galácticos, medias de lona blanca hasta las rodillas, un suéter cetrino frondoso y,  la misma chaquetilla oscura que lo encubría para laborar. No había partido de su vivienda ya que su hermano mayor, Mauro, ofreció un desayuno de panes con tortilla y quinua caliente. El desayuno tenía que esperar porque se debía comprar. La misión fue trasladarse hasta Bayovar y negociar con Doña Juanita una atención rápida y bien servida, Mauro no tardó más de treinta minutos en ir y volver. Suficiente tiempo para clavar una daga y acelerar la huida.
Mauro Antara al retornar, toco seguidas veces la puerta de madera vetusta, pretendía trepar los muros de tierra y paja pero no lo consiguió; enseguida con mayor fuerza, levantó una pierna  apoyándose en la otra y, la abrió en un santiamén. Se incorporó lentamente al recinto acechando a su alrededor la presencia de alguien, no encontró a nadie más que su hermano cadáver. Mauro hecho a llorar afligido sobre el cuerpo inerte y, sin reparo alguno salió pronto hacia la calle a buscar ayuda. Una hora después, la DIRINCRI de Canto Rey había ordenado el levantamiento del occiso con presencia de fiscales de terno oscuro.  Unos rostros curiosos y ofuscados se iban apilando, hasta que solo quedaron  murmullos y un cúmulo de sospechas.
El sábado cuatro de junio me trasladé hacia la comisaria de Canto Rey, ya habían transcurrido trece días desde el incidente. Un agente que custodiaba el ingreso, señaló con su dedo índice aproximar una identificación para poder ingresar, solo atiné a mostrar mi carnet de Prensa, no fue necesario más. Me integre despaciosamente a tipos de verde y zapatos bien lustrados, algunos me miraban de reojo siseando mi presencia. Un sujeto de apellido Granda y voz gastada me induce a tomar asiento y demandar mis dudas. El caso de homicidio por arma blanca no había progresado. Después de quince minutos de preguntas y respuestas ambiguas me derivaron a la DIRINCRI. Al salir advierto que el policía que  registró mi ingreso, se había marchado.
Cuando llegue a la Dirección de criminalística, vaticiné que mi suerte no iba a cambiar. Otro policía de lentes oscuros y dientes gualdos indicó que el Comandante Victor Gonzales  se hallaba ocupado, que no me podía atender ya que se encontraba en una reunión con un General que tenía más estrellas que él, seguramente. El medio día se acercaba, y el clima  no daba ejemplo de cambio, qué día me esperaba en mi oficio. Sin reparo a mi destino, me dirijo a la vivienda desolada de Faustino, un mototaxista resuelve llevarme hacia el sitio.
En el trayecto, viene a mi mente el recuerdo de Granda, mencionó que la muerte de Faustino, lo más probable es que el culpable esté en su familia, el primer sospechoso sería su hermano, pero era muy pronto para adelantar inferencias. Quince minutos más tarde el vehículo se detuvo, una mano se extendía sobre mi vista meneando los dedos con un gesto de pago, prolongué tres soles por el recorrido. Había arribado cerca de un comedor popular, frente a él se situaba el domicilio precario, vacio, aparentaba que nada había cambiado.
Tras ingresar al comedor popular, una señora con bonete y mandil blanco, se percata de mi presencia y, dejando de agitar su olla, se acerca cautelosamente escrutando la identificación que cuelga sobre mi torso. Levanta la mirada y la baja, una y otra vez, hace un gesto de reconocimiento y pacientemente se elabora un ambiente de cordialidad avizorando el motivo de mi aparición. “Todos en este barrio recordamos al viejo, era un señor tranquilo, alegre, ojalá atrapen al maldito, su muerte no debe quedar impune”, fue lo que escuche una y otra vez. Otra señora de las mismas características se aproximó refutando lo mismo, era una suerte reproducción sonora que se asilaba en mi mente.
En el barrio Virgen de Guadalupe han asesinado a un hombre de 61 años. Todos lo recordaran con cariño y aflicción. La casa que habitaba se encuentra triste, lúgubre y sola, las paredes que albergaban al viejo Fausto, fueron testigos de su óbito. Desde lejos diviso el horizonte que me llevará devuelta a casa, pero volteo y una sonrisa dibuja mi rostro, el  chocho agita sus brazos saludándome, a lo lejos vocifera mi nombre y del verdugo. Yo volveré.
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