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Crónica

Por Michael Machacuay

Dicen que  la Plaza San Martín fue el centro de movimientos históricos y eruditos histriónicos, de eventos opulentos y  topetazos fastuosos, dicen que los antiguos bares que circundan la plaza como La Yacana fueron lugares de extorsión, sufrimiento y, ahora una constelación formada por los oscuros vacíos que existen entre las estrellas, representa el alma de aquellos fieles que recuerdan cómo era aquél lugar antiguamente. Todo ha cambiado, las fachadas han sido pintadas, las sendas han sido asfaltadas, el estadio Fútbol Club y los bares del remodelado jirón Quilca ya no son lo mismo, café al paso y chifa de dos soles son una buena combinación para esperar el frio que llega con lo que viene.

Por donde la avenida Nicolás de Piérola yacía muerta de frio en plena noche, veíamos pasar los minutos al amparo de un farol dentro de un recinto tan estrecho que yo empezaba a recordar lo que era la claustrofobia. “Marco mariquito”, camarógrafo y compañero de la universidad, debía atravesar el vano diminuto de la puerta a las seis y cuarto –quince minutos de tolerancia por vivir en Lima–pero no hizo sino azuzar la tensión, el mitin que pregonaba la publicidad estaba por empezar, dos minutos más tarde,  enrumbamos fuera de los claustros de la universidad.
Con paso firme y apresurados, nos dirigimos entusiastas hacia la Plaza San Martín, el “Pequeño Firu”, contaba sus chirigotas, “Freddy Nada y Carlos Desperdicio”, de una ojeada examinaron la noche, y yo “Bandera Pirata” improvisaba con anhelo una buena crónica que redactaba mentalmente, pero aún seguía anegado por esa ansiedad recóndita que me  fue imposible no voltear al pasar por el ex-edificio  “La crónica”, sólo entonces pude ver, pasmado e incrédulo,  cómo un grupo de habitaciones tan minúsculas podía caber en un edificio de dimensiones tan mayúsculas.
Seguimos por el prolongado Piérola, pasamos una, dos, tres barras de a sol, otra más adelante con oferta si vienes con carnet, acechamos lentamente entre los semáforos en verde, cine colmena, casinos, putas gastadas que a lo lejos contemplaban nuestros bolsillos, todos seguimos de largo, sin perder nuestro rumbo, transitamos Torrico, Cailloma, Camaná, hasta llegar al legendario Paseo de la Unión dónde cualquiera se siente menos peruano. Miro y contemplo de repaso a mí alrededor y advierto grupos, multitudes de personas que permanecen ilusionados, con cintas blancas y rojas, brazaletes, pancartas, cámaras fotográficas para rememorar el periquete, nosotros, con un nuevo integrante en el clan, “El loco sánchez”, nos incluimos  solícitamente para formar parte de algo, nadie entendía qué.
El entarimado para el evento ya estaba en pie, luces circulares, micrófonos, enormes parlantes vociferaban la canción insignia de Ollanta Humala, carretillas de chifa, carretillas de huevitos de codorniz, carretillas de pancita y rachi eran la voz para no detentar con nuestro hambre, café nescafé para el frío y  cerveza Brahma para afilar nuestra garganta eran el menú de restaurant Mitin Ollanta, una buena combinación.
Los minutos transcurrían, ya le habíamos “dado vuelta” a un chifa en plato de tecnopor, la Sonora Andina también había llegado, los sikuris de Ayacucho aguardaban con sus trajes pintorescos la noche que se consolidaba, un ekeko solazaba con volantes y ajorcas a cualquiera que suplicaba uno. “Pequeño Firu” no toleraba a “Carlos Desperdicio” quién era la oposición, deliberaban juntos la mejor elección, pero como siempre, nunca llegaban a una conclusión sensata, era una reyerta entre nacionalistas y neoliberales, con envites de memoria y radicalismos solapas, siempre fue y seguirá siendo lo mismo.
Se deslizaban los báculos de mi reloj, fue cuando me di cuenta que se asomaban los teloneros del concierto, eran las veinte horas en punto, un tipo talludo de jeans rotos se aproximó al micrófono con su guitarra excéntrica, toco la primera cuerda, luego la segunda, luego las notas del quinto traste haciendo punteo en las cuerdas para afinar su instrumento y así soltó la eminente canción. Por un momento pasó desapercibido ante más de cinco mil semejantes, casi nadie le tomo importancia, pero poco a poco se fue pegando el albur de ritmo radical, preciso para pasar el trance. “Loco Sanchez” se reía sin juicio, “Freddy nada y Carlos desperdicio” traficaron dos latas de licor entre la mancha, y así matamos al tiempo, todos queríamos ver a “San Pedro, el ayacuchano del cielo, ahora en la tierra”.
Ya habían marchado equitativamente tres horas, tres largas horas de pie en la plaza y seis horas más fuera de la misma, serían en total nueve horas cesantes sobre mis pezuñas, que demandaban una pausa para restaurar fuerzas. La primera banda ya había concluido su presentación, una barba prominente surgía en una esquina del estrado, un poncho pardo con franjas y lentejuelas, cubrían el tórax y parte de sus piernas, la guitarra modelo “maestro” la cogía en la palma derecha, una luz blanca que lo atesoraba en la saga, lo hacía lucir como el mesías, el verdugo de los conciertos, ahora sería el de los candidatos, era “San Pedro” que venía del más allá para secundar bajo un nombre falso: Manuelcha Prado.
Los manifiestos rostros del público aguardaban al candidato Tasso, el concierto era una cortina de humo bajo la sorpresa de su aparición que nadie lo esperaba, las cinco mil almas ahora eran mil más, todos atendían con arengas y alegatos proclamando la exhibición y dictamen a sus prédicas, señoras en base tres, señores de doble recorrido, jóvenes y señoritos cundían la plaza a una voz, a un deseo, a un anhelo que se vio satisfecho después que un prototipo de indio inca con cola trenzada y de verbo añejo, anunciara su espectro. Ollanta Humala Tasso, líder nacionalista y del partido político Gana Perú, hizo su aparición con una sonrisa cándida, devota, honesta, que iluminó en un santiamén miles de aspectos, meneando las manos con un gesto de sumisión y respeto a todos; detrás lo acompañó Nadine Heredia y sus dos hijas candorosas y sencillas que emulando a su padre saludaron risueñamente al Perú, ese Perú que recuperamos en el año dos mil,  no lo volvamos a perder.
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